14 de mayo de 2010

Ser libres: Investigación escénica sobre el animal que habla

¿Cuál es el vínculo entre lo humano y el lenguaje? ¿Cómo explorar y explotar las posibilidades comunicativas del lenguaje teatral? Estas, entre tantas otras preguntas acerca del lenguaje, son las que este elenco argentino-mexicano, en conjunto con su director (actor) Adrián Pascoe trabajó como premisas guía de esta investigación escénica. El resultado es un espectáculo de teatro performático que se cuestiona y cuestiona al espectador acerca de las posibilidades expresivas de los diversos lenguajes vinculados a lo humano(corporal, gestual, verbal, audiovisual, espacial, gráfico, sonoro, etc.) y a lo teatral.

En un espacio despojado, limitado por las sillas de los espectadores entre los que se encuentran los actores-personajes, varias herramientas descansan en diversas áreas de la escena: rollos de papel, marcadores, cintas adhesivas, libros, choclos, serruchos. Los performers inician una serie de acciones nada improvisadas, en las que su presencia es el eje de la atención y cada uno de sus movimientos una forma de hacer aparecer ese lenguaje que es puesto en cuestión.

En una serie de monólogos autobiográficos se expone y reflexiona sobre el lenguaje oral como forma de nominar y etiquetar a todos los seres y objetos, así como se descubre su fuerte poder para transmitir los recuerdos, las memorias, las historias personales. En este juego teatral la oralidad se presenta como el lenguaje de los orígenes, de lo primigenio.

Así como el lenguaje cuestiona, el teatro cuestiona y este grupo de actores aprovecha las libertades de lo performático para explotar esa posibilidad en torno al tema de su investigación. Sobre la escena varios pasajes desvirtúan el status de ‘la palabra escrita como canon’, que puede ser deshecha por una acción del propio Hombre que la crea. No es antojadizo que en esta representación la cadena de acciones predomine sobre la mera interpretación de la palabra escrita. Un hombre con un serrucho se desliga del texto impreso en un gesto seguro y se permite experimentar. Algunas fotografías traducen gráficamente una sensación de encarcelamiento, literalmente se muestra a los actores atrapados entre rejas, mientras que para reforzar ese concepto dos de ellos atan a otros dos que tras luchar logran liberarse.

Literalmente lanzan preguntas. Interrogan. En una ronda en la que crece la tensión de las preguntas y de los silencios se evidencia el poder de las diversas frases que incomodan, o al menos, no dejan indiferentes a sus escuchas. Del mismo modo en un pasaje inicial la presencia física de una actriz que interroga directamente al público espera y demanda algún tipo de reacción que sea cual sea, también significa.

Los performers portan multiplicidad de sentidos, su mera presencia comunica. Así el captar el sonido de los latidos del corazón de cada actor traduce y amplifica un lenguaje propio y vivo. La investigación escénica sobre el animal que habla analiza los alcances de los códigos (matemáticos, lingüísticos, religiosos, sociales, pictóricos, etc.) y por sobre todo de los rituales. Se desglosa lo ritual en sus imágenes puras: una tradición religiosa se comprende más allá del idioma en el que se represente, una ronda tribal en la que se comparte la comida (en este caso un choclo) comunica más allá de las palabras, un espacio que se fragmenta y se divide desprende por sí solo su sentido. En todos sus gestos, desde lanzar un grito liberador fuerte y desesperado, esta investigación se esmera en desnudar el lenguaje del actor como centro y al lenguaje teatral como ritual con sus propios códigos compartidos en el momento del convivio. Vale la pena entrar al juego planteado.


*Se presentó Martes 20 y miércoles 21 de abril a las 20:00 y 21:30 en la sala cero el Teatro El Galpón.

Autor: Creación colectiva a cargo de Adrián Pascoe
Elenco:Adrián Pascoe, Tae Solana, Pedro Perruca, Andrea Cabanelas e Ivana Zacharski


8 de marzo de 2010

La Paranoia: Pastiche Carnavalero

Como buen alumno de Kartun, Spregelburd se inspiró en una imagen generadora para crear el universo de La Paranoia: la tabla de los pecados capitales de El Bosco. A partir de esta expresión pictórica, y encausando su condición de grafómano, desarrolló una serie de obras emparentadas a estos siete pecados capitales conocidas como la Heptalogía de Hieronymus Bosch: La inapetencia (1996), La extravagancia (1997), La modestia (1999), La estupidez (2001), El pánico (2002), La paranoia (2007) y La terquedad (estrenada en Alemania en 2008).

El autor sostiene que su saga no es más que una única obra, ya que como en aquella tabla de El Bosco, su escritura se torna circular sobre los mismos tópicos. Varios son los intereses que ayudaron a gestar La paranoia: la gula como disparador inicial, los alcances de la ficción y la construcción a través del lenguaje, los desafíos de la actuación, la exploración del lenguaje fílmico. Y no sólo eso: en la creación del texto estuvo presente la posibilidad de lograr una obra cercana a las tres horas, para estimular el ejercicio de mantener la expectativa del público durante su transcurso. Estas premisas, entendidas como ambiciosas por los propios integrantes de su compañía El Patrón Vázquez (Andrea Garrote, Héctor Díaz, Alberto Suárez y Mónica Raiola) guiaron esta puesta que, por su pretensión, acaba en varios momentos por perder el eje.

Una enorme pantalla al fondo del escenario busca dialogar con los actores en escena y ser, a su vez, un relato paralelo, una veta más en esta paranoia escénica. Como relato central un grupo conformado por un astronauta, una escritora, un matemático y una robot que, en un futuro lejano, son citados para construir una ficción que sea capaz de satisfacer a un grupo alienígena llamado “las inteligencias”, que están amenazando al mundo si no se les proporciona este elemento de consumo. Con la guía de un militar este grupo de personajes excéntricos crea una trama de ficción paralela a la escena que, en soporte fílmico, ocupa el 70% de la puesta.

Lo que es austero en la escena (una escenografía con pocos elementos) contrasta con la gran producción que se ve en pantalla, que lejos de integrarse a la escena, se torna como principal eje del relato, olvidándose incluso de ella. Spregelburd, como actor principal del filme y también el resto del elenco, demuestran sus dotes actorales y su plasticidad en los diferentes lenguajes, pero no logran articular, aunque lo pretendan, ambas creaciones. El grupo de elite discute y vuelve obsesivamente sobre los tópicos que en esta ficción pueden cautivar a su público (“las inteligencias”) y van creando una historia policial disparatada con toques de absurdo, que explota en todo sentido las posibilidades humorísticas de la puesta. Al descubrir una serie de reglas impuestas por estas “inteligencias” para la creación de esta historia, el grupo establece un nexo con la pantalla en el que crean, en apariencia, un discurrir simultáneo de ambos relatos. Quizás allí logren el único momento de diálogo verdadero, o simplemente un guiño humorístico con el espectador.

El director se acerca con creces a uno de sus nuevos intereses: el lenguaje cinematográfico. Como actor ha participado en varias películas y en la serie televisiva Mi señora es una espía transmitida por el canal argentino Ciudad Abierta. En el filme creado para La paranoia, cuya dirección audiovisual está a cargo de Daniela Goggi, Spregelburd se ha encargado de la dirección general. Y es este nuevo lenguaje al que apela el director el que responde a su cuestionamiento acerca de mantener el interés del público por varias horas desde el escenario, preocupación que ha manifestado en varias entrevistas: el relato sólo se sostiene desde el giro humorístico de esta ficción paralela. Spregelburd lo logra desde la pantalla como ente independiente y no desde la escena, y por ello es que parece apelar desesperada y recurrentemente a ella, restándole en esa decisión su valor significante.

El texto juega con la delgada línea entre la ficción y la realidad que tanto preocupa a Spregelburd y allí es donde el vínculo entre lo fílmico y lo escénico toma mayor partido. Por momentos los personajes viven en la pantalla y saltan al escenario o viceversa, así se confunde el punto de vista de lo establecido como “real” o “ficticio” en la representación. En definitiva, sobre la escena todo es construcción y el director experimenta y juega con las posibilidades que la creación le otorga a modo de develación. Ese discurrir le permite enlazar una escena en un submarino lituano, una ópera china y un culebrón venezolano.

La mejor escena (sobre el escenario) sin dudas, es la representación de la muerte del detective John Jairo Lázaro que se mantiene inmóvil como centro de las miradas, mientras en la pantalla un pastiche en el que desfilan todos los personajes de esta obra vuelve persistentemente a desviar la atención. Un logro escénico son esos interminables minutos del cuerpo que yace sobre las tablas, cercano a su público. Un momento intenso pero que disipa sus energías en el vaivén carnavalero de unos seres en plena paranoia.


La Paranoia

Autor: Rafael Spregelburd

Elenco: Andrea Garrote, Mónica Raiola, Pablo Seijo, Rafael Spregelburd, Alberto Suárez.

Link: http://www.laparanoia.com.ar/

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11 de enero de 2010

Chaika: Cruce de miradas

Hay algo en el telón del Ateneo Popular que magnetiza. Los silenciosos (y no por eso menos majestuosos) momentos en que asciende para descubrir su amplio y despojado espacio en la puesta de Chaika, concentran la atención en escenas claves, que desarrollan el vaivén de los estados anímicos de los personajes. El propio espacio teatral, desde el escenario hasta el hall de entrada, es el eje de la construcción de esta puesta siendo el albergue de un constante cruce de miradas que trascienden las resonancias del texto clásico. Así como en el movimiento de ese antiguo telón, hay algo en esta relectura de la directora Mariana Percovich sobre La Gaviota de Chéjov que nos mantiene en suspenso. Y no se trata de un suspenso estéril, sino de un tiempo necesariamente suspendido para observar y descubrir qué se nos dice en ese cruce de miradas entre personajes actuales, propuestos por Chéjov hace ya más de un siglo.

¿Por qué Percovich eligió versionar La Gaviota? ¿Por qué trasladar aquel contexto ruso de finales del siglo XIX a la actualidad teatral de Uruguay? La directora trabajó a fines de 2009 junto a la nueva generación de egresados de la Escuela de Arte Dramático (EMAD) la dramaturgia y la puesta en escena de Tres Hermanas, experimentando sobre las resonancias y las relecturas de la dramaturgia de Chéjov. Como es su característica, a la hora de pensar en el montaje realizó la escenificación en un espacio no convencional: una casona antigua en el barrio Peñarol. Desde ese espacio la directora junto al grupo de actores exploró sobre las posibilidades de versionar este clásico, creando dos puestas disímiles pero montadas contiguamente bajo el mismo techo y sin perder la guía de Chéjov. Ambas versiones respetaron el espíritu de Tres Hermanas y demostraron la trascendencia del clásico, más allá de su formato textual. Además descubrieron la posibilidad no ilógica de la convivencia perfecta entre formas estéticas muy diferentes y hasta para muchos irreconciliables.

La primera puesta titulada Tres Hermanas mantenía los personajes del original y sus diálogos, apeló a un vestuario acorde a la ambientación espacio-temporal definida por Chéjov, y utilizó los ambientes de la vieja casona funcionalmente para ubicar en el contexto en el que se desarrollaba la acción a los personajes y al público. La segunda versión llamada Cuatro Mujeres tomó el texto como eje pero logró despegarse de la forma clásica, acercándolo a un tiempo incierto, más contemporáneo. La versión prescindió de los personajes masculinos pero los hizo fuertemente presentes en escena en alusiones e imágenes que actuaron como vínculos y resonancias sobre los personajes femeninos (como la gran pila de botellas de bebidas alcohólicas, ocultas por una sábana y descubiertas por la pequeña Irina en uno de los cuartos, que remitían claramente a su hermano Andrei). El grupo decidió desdoblar, con un efecto emotivo muy fuerte, en dos actrices a los personajes de Masha y Natasha para adentrarse desde otros puntos de vista en su compleja construcción. La puesta recorría los espacios de forma de hacerlos vivos, como parte y presente significante indispensable para cada escena: uno de los momentos más vívidos por las hermanas y su cuñada es el que el elenco desarrolló en la cocina, mezclando naranjas con sueños utópicos. En definitiva, como adelantaba el programa de mano, el proyecto conformó un solo espectáculo, en una casa real, presentando dos versiones de una misma historia. Es que la historia prevalece, y a partir de la estructura dramática tan fuerte de Chéjov es que Percovich se permite explorar.

En esa búsqueda en torno al autor ruso la directora se detuvo especialmente en La Gaviota, texto que reflexiona sobre el propio teatro y sus formas. Sin perder jamás de vista el cruce dinámico de visiones, entre la vieja guardia y la sangre nueva, y entre las relaciones del ser y el estatus que atraviesan La Gaviota, Percovich decidió concentrar los conflictos en menos personajes, trasladando parlamentos de unos a otros para, en algunos casos, no perder las fortalezas del original. Para trabajar en él conformó un elenco que la acompañara en la tarea de hacer y pensar el teatro. Tanto como el propio Chéjov, esta versión plantea a su público más preguntas que respuestas. Mediante la elección de los actores la directora articuló un interesante acercamiento de aquellos viejos y eternos conflictos a la escena local actual, colocando al propio teatro como protagonista principal.


Teatro: un texto, actores, un espacio y su público




En Chaika los personajes exponen sus deseos más íntimos, ya sea desde el silencio como desde la expresión directa. Esos sueños e ideales de personajes dedicados a la escena son perfectamente contenidos en el espacio íntimo de un pequeño teatro. Así lo entendió la directora que redescubrió un antiguo teatro cercano a la rambla, la sala Ateneo Popular (ex teatro La Máscara), haciendo que actores y público se apropien de él y recorran todos sus rincones. Este trabajo sobre el espacio, característico de las puestas de Percovich, incluye al público más que nunca en su rol activo y visible, como parte integrante del hecho que observa. En Chaika el público comparte los espacios con los personajes: como espectadores frontales de una representación teatral, como observadores privilegiados de lo que ocurre tras bambalinas, como integrantes por momentos del fuera de escena y por otros como su centro. Una decisión final que apela al acercamiento. Es que Chaika se trata de eso: de acercarse y acercar un texto clásico mediante la forma y la apropiación del contenido para hacerlo sentir más vivo y más claro, aún vigente.

Parte de ese acercamiento es logrado con la introducción de referencias sobre el teatro local, y el traslado de ciertas características de los actores que encarnan a los personajes en pasajes del texto. Así Gloria Demassi encarna con soltura a Arkádina, la actriz de renombre representante de un tipo de teatro más cercano a lo clásico, madre de Treplev (Gabriel Calderón) un joven dramaturgo que intenta introducir nuevas formas, a pesar de los ideales sobre el teatro que pregona su madre. El texto de la obra escrita por Treplev que es escenificada (que será rechazada por los representantes de las viejas formas) fue escrito especialmente para esta puesta por el joven dramaturgo Santiago Sanguinetti. Para estos personajes, como para estos actores, el teatro es su forma de vida y aquellas discusiones entre escuelas planteadas por Chéjov hace mucho tiempo, parecen no ser tan ajenas a las que pueden plantearse en la escena uruguaya de hoy.

El elenco se completa con la presencia del profesor (Ramiro Perdomo que luego de un largo tiempo dirigiendo e impartiendo clases de teatro, regresa a su rol de actor) en una entrañable y fresca interpretación, la ingenuidad de una Nina encarnada por Gimena Fajardo en sus arrebatos pasionales, la soberbia de Trigorin (interpretado por Gustavo Saffores), la fuerza de Verónica Matto que compone con su habitual presencia escénica a Masha en sus titubeos e insatisfacciones eternas y el Sorin de Carlos Sorriba, que despierta la risa con sus historias tan extrañas como interminables.

Es una preocupación de Percovich investigar y lograr apropiarse del sentido de los textos de autores clásicos junto a su elenco. Una dinámica de trabajo que se propone dialogar en torno a la comprensión grupal del universo del autor, de los disparadores del texto, para acercarse de forma más libre a su esencia. Así lo hizo en sus recientes trabajos con Marguerite Duras (Playa desierta) y Federico García Lorca (Bodas de sangre), por ejemplo, como lo había hecho tiempo atrás con Lewis Carroll (Alicia Uderground) y Sófocles (Yocasta). En ese planteo grupal el elenco define una posición desde la que logra acercarse y acercar a Chéjov. Incorporando elementos de humor, con referencias locales (se habla sobre un ideal Punta del Este, sobre la inconclusa carrera de Calderón en la Emad, entre otros guiños), ese acercamiento se hace latente.

Observando varias reacciones que la versión ha despertado, sustentadas en cierta incomodidad que nada tiene que ver con el trabajo que se realiza sobre el texto, así como las que provocó su adaptación de Bodas de Sangre, los conflictos chejovianos planteados en el seno de La Gaviota no parecen ser tan lejanos a nuestra realidad. La elección de trasladarlos a este teatro cercano a la rambla es un acierto poco inocente, que coloca en el centro un cruce de miradas que va más allá del propio texto. El desenlace elegido por Chéjov para su texto, nos deja sin aliento. En Chaika esa resolución se respeta, y sin la salida de actores a quien aplaudir. Sólo queda abandonar la sala con muchas preguntas rondando en la cabeza.

Chaika
Autor: Antón Chéjov
Dirección: Mariana Percovich
Elenco: Gloria Demassi, Gustavo Saffores, Gabriel Calderón, Carlos Sorriba, Gimena Fajardo, Verónica Matto, Ramiro Perdomo.
Teatro: Ateneo Popular (ex teatro La Máscara) Río Negro 1180 esquina Maldonado

Reestreno previsto para febrero de 2010

19 de noviembre de 2009

Hamlet: La furia a flor de piel

El domingo 15 de noviembre fue la última presentación de Hamlet dirigida por Gabriela Iribarren. La obra presentó la versión completa del texto resaltando la presencia actoral y la fuerza de las pasiones que brotan de los personajes. Un clásico puro, que lejos de morir nace con más fuerza en cada representación.

Recurrir a Shakespeare parece ser inevitable. Es inevitable y, además, necesario volver a sus textos que no alcanzan (por suerte) jamás la muerte y son el soporte virtual de personajes carnales que no sucumben al paso del tiempo. Shakespeare provoca. Este año, prontos a responder esa provocación, varios directores han indagado en su universo desde reescrituras, adaptaciones, o textos que nacieron en la búsqueda de un diálogo con su dramaturgia. Iribarren decidió llevar adelante el texto de Hamlet en su versión completa en homenaje a Eduardo Schinca y su método de trabajo con los clásicos.(*)

Esta puesta explota las posibilidades expresivas del Espacio Palermo que puede ser recorrido en sus dos niveles, en ubicación frontal o lateral, y generar nuevos espacios ocultos dentro de otros. El elenco de 14 actores consigue apropiarse de ese espacio y mantiene la dinámica necesaria que exige la secuencia de las acciones. Apoyado por un cuidadoso trabajo de iluminación ese espacio nos transporta desde lo espiritual a lo crudamente terrenal, y devela los infinitos trazos ocultos y los claroscuros que plagan esta historia.

Álvaro Armand Ugon encarna un Hamlet furioso, ensimismado en su necesidad de venganza, que atrapa al público en cada parlamento, en cada palabra. Fuerte desde su condición de actor, se apropia de un personaje con tal peso, y hace suyas todas sus fibras.

Peter Brook en El espacio vacío habla de un teatro mortal que aborda los clásicos desde un canon actoral establecido como “deber ser”, que a la vez que reproduce devuelve un texto muerto. “El teatro mortal se apodera fácilmente de Shakespeare” afirmaba. Esta puesta, por el contrario, toma lo más vital del autor y lo fortalece: cada actor desde su interpretación hace suyos los estados emotivos y las pasiones, vivencia, construye el espacio de la verdad escénica. Dentro de ese espacio la energía fluye. Los personajes están vivos.

Jorge Dubatti en su libro Cartografía Teatral piensa al teatro siempre inserto en un contexto geográfico, histórico y cultural. Los clásicos trascienden esas fronteras pues como dice el autor “cada generación vuelve para formular sus propios interrogantes y construir sentido” (**) Ya sea desde relecturas, revisiones o puestas clásicas Shakespeare mantiene su vigencia por su tratamiento de los conflictos y las emociones humanas. Iribarren se apropia de ellas y junto a su elenco traslada esa vigencia hasta el hoy. En ese momento, en ese espacio, Hamlet vive con sus reivindicaciones y su furia a flor de piel.


(*)Entrevista a la directora Gabriela Iribarren en radio El Espectador. http://www.espectador.com.uy/1v4_contenido.php?id=161374&sts=1
(**)Dubatti, Jorge. Cartografía teatral. Introducción al Teatro Comparado. 1º edición. Buenos Aires: Atuel, 2008. Pág 21


Autor:
William Shakespeare

Dirección: Gabriela Iribarren

Elenco: Alvaro Armand Ugon, Agustín Maggi, Rosa Simonelli, Sergio Pereira, Virginia Rodríguez, Gustavo Antúnez, Roberto Romero, Rodrigo Garmendia, Pablo Sintes, Gustavo Suarez, Lucas Barreiro, Matías Sanjurjo, Bruno Pereyra, Verónica de Feo.

Espacio Palermo. Isla de flores 1627. Hasta el 15 de noviembre.

13 de noviembre de 2009

Por Buenos Aires II. Ala de criados de Mauricio Kartun: Entre lo bipolar, lo clasista y el engaño

Ala de criados avasalla por su minuciosa escritura, su extrema lucidez y por una puesta e interpretación a la altura de este texto mordaz. Mauricio Kartun vuelve a indagar (como se pudo ver por Montevideo en El niño argentino) en la estructura de clases y sus ideologías a comienzos del S XX. en la Argentina. Un pasado gestor de una realidad actual quizás no tan distante de aquellos tópicos.

Una diálogo entre Kartun y Veronese trajo a la discusión la dramaturgia de Chéjov. A partir de ese impulso Kartun se vio empapado por el espíritu chejoviano con el que comenzó a escribir este texto, que pronto tomó su propio camino. En la escena una piedra monumental es el centro de las miradas: una carga imposible de remover, estática, siempre presente. Un ambiente de playa, un club de tiro, una clase aristócrata que descansa con aparente indiferencia en algún rincón protegido de Mar del Plata. Un criado, a su servicio, que se instala rápidamente como el eje del conflicto.

Tres primos: Emilito, Pancho y Tatana conversan sobre temas superfluos. Ácidamente compuestos como seres arrogantes, tontos (ellos), fea pero intelectual (ella), parecen ocupar sus sitios desde un status heredado pero no merecido. Pronto, con la irrupción de Pedro Testa -el palomero- el contexto histórico comienza a aflorar. La clase aristócrata huyó a Mar del Plata para refugiarse de las jornadas de huelga de obreros y sindicatos anarquistas y de izquierda, en lo que se conoció como la Semana Trágica en 1919.

Ese hito histórico fascinó a Kartun por su repercusión hasta el presente y a partir de él desarrolló un inteligente vínculo de poderes entre los ricos, su criado y la clase obrera. Desde esa tríada indaga en varios rasgos que entiende conforman la 'argentinidad': la figuración del status, la traición y el engaño.

Pedro Testa, el sirviente, duerme en el ala de criados pero afirma estar allí de paso. Reniega de su condición y se define no como criado sino como cuentapropista. En su juego de seducción, a través de la palabra y las apariencias, se mantiene a la orden de sus patrones a la vez que emocional y políticamente los manipula a su antojo. Según sus propias confesiones utiliza la “engañifa” para subsistir en tiempos revueltos. En una entrevista realizada a Kartun en Página 12 se le preguntó al dramaturgo: “¿Cómo se trabaja en una sociedad que acepta el engaño? Con una angustia muy grande, porque hay que aceptar que la mentira nos domina. Entonces no hay más remedio que pensar que si el engaño es el territorio del poder, cualquier otro territorio que uno construya, incluso el más acotado, sufrirá las generales de la ley.” (1)

Kartun crea con maestría a estos tres jovenes ricos en sus contradicciones, sus flojas y heredadas bases ideológicas y su frivolidad pero con las que, sin embargo, llegan a límites inesperados por conservar su posición. El personaje de Tatana actúa como narradora de toda la historia, por momentos toma distancia y analiza con ironía la condición de sus pares, a la vez que confiesa sus propias debilidades. Juega constantemente con la musicalidad de las palabras (un fuerte en la dramaturgia de Kartun para quien su escritura se conforma de letra y música), incluyendo expresiones en francés, influencias de sus viajes por estudio en Europa. En varios pasajes reflexiona y hace referencia a su disgusto por la metáfora, como recurso retórico inflado y lleno de falsedad. Con acertada ironía en el transcurso de la puesta se convertirá en una abanderada de la poesía, una de las tantas contradicciones que la obra explora. Emilito es chirriante e histérico, la composición de Esteban Bigliardi logra despertar sentimientos contrapuestos de desprecio y ternura en su histrionismo. Pancho es más apocado, pero esconde un secreto velado familiarmente por su incorrección social. El texto traspone con inteligencia el equilibrio de fuerzas entre ambos varones y la mujer, quien termina siendo la más varonil de los tres.


Estos seres patéticos temen (como lo haría su abuelo) a los ácratas y a una posible “invasión bolchevique”. Junto a su criado planifican acciones concretas para boicotear a la fuerza obrera, tan absurdas como asaltar una biblioteca y llevarse como “trofeo”, las obras completas de Emile Zolá, en especial su novela Germinal. Esas acciones teñidas de rasgos infantiles dejan entrever la alusión a un“Tata” (abuelo) omnipresente pero ausente en la escena, oligarca dueño de las tierras y las riquezas, por qué no organizador de las “guardias blancas” de la Liga Patriótica que acometió, apoyada militarmente, contra la lucha obrera. Sus tres nietos, como súbditos, siguen sus palabras, sus dichos, sus ideas, aunque no las sientan o no las comprendan por completo. Mientras tanto, paradojicamente, las palomas encerradas para practicar el tiro mueren pues las balas fueron desviadas a otros destinos.

En la escena más brillante Kartun enmascara a sus personajes que se “transforman” así momentáneamente en sus enemigos rojos, a los que temen y odian con tanto fervor. En una encarnación llena de patetismo, el vestuario se torna en una imagen dura con simples detalles de accesorios rojos, elegidos en su justa medida.

La figura del criado (interpretada brillantemente en sus vaivenes por Alberto Ajaka) alcanza el momento de máxima tensión del texto, en un monólogo cargado de reproches y desmitificaciones que hinca el diente mediante afirmaciones duras en situaciones ocultas, falsas y contradictorias: como su propia condición no asumida. Criado no criado, perteneciente a una clase media incipiente, que quiere alcanzar como utopía el status de su clase patrona.

Ala de criados es un texto solvente, resultado de una investigación y reflexión comprometida sobre la historia y las bases de una sociedad que se sienta aún en aquellos principios. No es casualmente que Kartun escribió esta obra en pleno conflicto del campo en 2008. Sobre los ejes de su historia manifestó en una entrevista al Suplemento Radar de Página 12: “Y me parece a la vez que expresa una dialéctica que estaba muy presente aquí en ese principio de siglo y que termina construyendo sentido después en el resto de nuestra historia: esa riqueza encerrada en los límites de quinientas familias, riqueza producida a partir de calorías, es decir del campo, versus un proletariado de origen europeo que por un lado abre a la Argentina a nuevas ideas, trae el pensamiento social del anarquismo, del comunismo. Pero al que aquella aristocracia agricultora se enfrenta sobre todo porque es parte del fenómeno de la industrialización, eso que también va a cambiar la cara del país al forzar su economía. Y que los horroriza. Y en esa dialéctica se enfrenta algo fundacional, que va a terminar constituyéndose luego en modelo mítico: lo industrial versus el campo, el campo y sus valores conservadores, el campo encerrado en su propia mitología, atrapado en sus prejuicios.” (2)

Ala de criados devela una Argentina presa de sus propias contradicciones, y se convierte en una puesta audaz e imperdible para quien pueda asistir en la otra orilla.


(1)http://www.recursosculturales.com.ar/blog/?p=42 Por Hilda Cabrera Publicado en “Página 12″

(2) http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5639-2009-10-22.html/ Por Mercedes Halfon


Ala de criados.
Texto y dirección: Mauricio Kartun.
Elenco: Alberto Ajaka, Esteban Bigliardi, Rodrigo González Garillo y Laura López Moyano.
Teatro del Pueblo. Diagonal Roque Sáenz Peña 943, Buenos Aires, Argentina.


En Montevideo: Del Jueves 28 al Domingo 31 de enero, del viernes 5 al domingo 7 de febrero de 2010. Teatro Solís.

12 de noviembre de 2009

Por Buenos Aires I. Lote 77 de Marcelo Minnino: Sinceridad carnal

¿Qué es la hombría? ¿Quién establece las reglas que la definen? ¿Cómo se construye? Tres hombres sobre un escenario con piso de cemento miran hacia su interior a la vez que cuestionan su exterior dejando aflorar sensaciones y sentimientos íntimos que quiebran ese contexto frío. El director y dramaturgo Marcelo Minnino realizó junto a los tres actores (Andrés D’ Adamo, Lautaro Delgado, Rodrigo González Garillo) una investigación sobre la serie de preceptos que definen al varón, parándose sin inocencia desde un submundo promachista: el entorno rural. Su dramaturgia fue impulsada por una necesidad autorreferencial, desde la identidad de su género, sin buscar la caricatura ni el cliché. Minnino trasladó a esa búsqueda rasgos de su experiencia personal: nació en la localidad agrícola de Salto (Provincia de Buenos Aires) y trabajó varios años con su padre en la producción ganadera.

El teatro del Abasto es el ámbito perfecto para recrear una especie de galpón en el que se distinguen tres tranqueras, y por delante, en un primer plano, una canilla y agua que corre, casi constantemente. Como elemento primario el agua es clara alusión a lo esencial y será el elemento guía de las develaciones más íntimas. En un acto de fortaleza inicial uno de los personajes toma una manguera y moja abundantemente todos los rincones de la escena. Así comienza a establecerse el código que atraviesa la obra: el hombre, al igual que un animal, marca su territorio: el espacio escénico donde se desarrollará esta contienda entre tres especímenes machos. De ahí en más el recurso del paralelismo entre la condición varonil y las tareas rurales de la cría de ganado, con sus normas rígidas y rutinarias, llega sin más (en varias situaciones) a lo profundo del sinsentido. El simple acto de orinar en un mingitorio, por ejemplo, puede transformarse de una situación cotidiana a una acción incómoda y hasta imposible, que trae al tapete la condición vouyerística masculina no necesariamente ligada a su curso entendido como natural. Ciertas fisuras de lo aparente se deslizan, nada que un corte abrupto de la acción (como borrón y cuenta nueva) intente reparar de forma forzosa e inoperante.

Varios pilares arraigados afloran en los discursos. La herencia como “el deber ser”, la herencia como carga maldita se despliega en los recuerdos de infancia de estos tres personajes que en su desesperación por entenderse recurren a la memoria. En un diálogo frontal, siempre de cara al público, estos seres se exponen e indagan en los resquicios de esa memoria, por momentos, no tan clara. La despliegan a modo de narración recurrente en su afán por comprender esos, a veces, “absurdos” mandatos.

Entre hombres establecerse como autoridad es ley. Sin perder de vista ese funcionamiento Minnino logra entre los tres actores una dinámica en la que siempre, una de las voces, guía y establece las reglas que organizan la escena. Esa voz indica el “deber ser” de cada personaje en cada momento, y castiga si alguno se sale de lo previsto. Una campana organiza las posiciones y las actitudes de cada rol de acuerdo a la regla elegida (de modo similar a las propuestas establecidas en las puestas de teatro improvisado) Así, un personaje pasa a ser aquel niño débil con los dientes rotos y otro el hombre maduro a punto de sufrir un ataque cardíaco. Las flaquezas, de a poco, comienzan a aflorar. Un excelente trabajo de actuación en el que destaca la versatilidad de Lautaro Delgado, nos traslada a ese interior vulnerable, muchas veces desconocido u ocultado.

Las angustias, las dudas, los sentimientos encontrados van in crescendo. Los personajes van y vienen hacia esa canilla, se empapan, intentan lavarse los sentimientos de culpa, las emociones que no concuerdan con un varón hecho y derecho. La imagen degradada del cansancio mezclada con el agua, que los rescata a la vez que los aminora, es contundente.



El lote es la forma de separar a los animales según sus categorías para ponerlos en venta. Minnino vincula a sus tres personajes como el Lote 77 haciendo referencia a su generación. Una generación marcada muchas veces por la ausencia. La relación padre e hijo como línea transmisora de legado es truncada violentamente en uno de los personajes cuyo padre fue secuestrado durante su infancia. El miedo y la inseguridad atormentan al joven en ausencia de una imagen con qué identificarse. La puesta se convierte en el resultado de un excelente trabajo de investigación acerca de la propia identidad y de su representación que además, dignamente devela, en una sociedad donde “las apariencias” encubren a la realidad.

Esta ópera prima ha recibido diversos premios y menciones entre ellos el Premio Trinidad Guevara 2008, Florencio Sánchez 2008 a Marcelo Minnino como revelación y fue destacada en los Premios Teatro del Mundo en las áreas de dirección, dramaturgia, iluminación y escenografía.


Autor y director: Marcelo Minnino

Elenco: Andrés D’ Adamo, Lautaro Delgado, Rodrigo González Garillo.

Teatro del Abasto. Humahuaca 3549. Buenos Aires, Argentina.

Link: http://lote77web.blogspot.com/

11 de octubre de 2009

Setiembre escénico. Gris Mate: La humanidad tangible

Gris Mate es la primera obra de la compañía vasca KatuBeltz y estuvo presente en Montevideo el viernes 25 de setiembre en el Festival internacional de artes escénicas del Uruguay. Iñaki Rikarte es el autor de esta obra, en la que también participa como actor en el rol de un estudiante frustrado que intenta matar a Dios. Luego de la presentación el grupo de actores y técnicos participó de un taller en donde se intercambiaron ideas en torno al proceso creativo de esta obra.


El teatro desde la
imagen. La resonancia de una imagen impulsó a Iñaki Rikarte a crear el universo de Gris Mate. Una fotografía del francés Gilbert Garcin impresionó a este joven actor y dramaturgo que sintió la necesidad de contar sobre el escenario la historia personal de su vínculo con esa imagen: un hombre solo, parado en el centro de una diana, que dispara una flecha hacia el cielo. La simbólica puesta en escena de Garcin en aquella fotografía generó un sinnúmero de preguntas que Rikarte desplegó a modo de búsqueda textual. El resultado de esa búsqueda: un tiempo escénico suspendido en algún lugar, un universo absurdo tan trágico como cómico, tres seres insólitos tan extraños como reales.

En el discurso de estos tres personajes (un estudiante frustrado, un limpiabotas sin memoria, un peluquero en paro) la humanidad se vuelve tangible. Sus sufrimientos y anhelos los invaden y a su vez los exceden para contagiarse entre sí y apoderarse de la atmósfera. En una ‘aparente’ coincidencia se encuentran en esta suma de círculos, en un fragmento de tiempo escénico que construye su presente, sobre una gran diana que los contiene y los transforma en posibles blancos de un trágico final. Desde esa posición todas sus acciones y el devenir de sus parlamentos convergen, a la vez que se disipan entre un tiempo pasado difuso y un futuro incierto. La lógica de este espacio sin sentido no puede ser otra que la del absurdo.

¿Una flecha dirigida al cielo para matar a Dios o para contemplar un suicidio? Es la pregunta que una y otra vez se hace el estudiante frustrado a sí mismo, a sus compañeros de escena y al público presente. El absurdo nace y crece desde una acción sencilla gestada por la fuerza de la misma mano: que puede liberar o condenar para siempre al personaje según el destino que otorgue a la flecha. Mientras se trata de desentrañar ese posible rumbo el gris todo lo invade. Todo lo cubre y lo agobia, desde lo alto, desde un cielo cargado que no se ve, que es lejano e imaginario.

¿Cómo escapar al vacío? Rikarte cree en la ilusión de sus personajes como sostén final de sus existencias: “Los personajes responsabilizan de su situación a un Dios degradado como símbolo. Entiendo a la poesía como religión del hombre contemporáneo, como su método de salvación.” Así en la palabra el existencialismo toma desgarradoramente su protagonismo.

El texto, escrito por un actor, centraliza su poder en los personajes y la palabra a modo de juego poético. La compañía solicitó a la directora Charo Amador que llevara adelante la puesta, en la que diferenció marcadamente a cada personaje asociando a cada uno con un elemento clásico: el estudiante con el fuego, el limpiabotas con la tierra y el peluquero con el aire. Así el estudiante es el portador de las flechas rojizas dadoras y quitadoras de vida, el limpiabotas carga con sus herramientas de trabajo en un devenir lento y cansino que lo empuja hacia el suelo, y el peluquero corta con sus tijeras el viento siendo un bailarín y coreógrafo en sus movimientos corporales. El cuarto elemento, el agua, se hace presente desde la promesa (la ilusión) del cielo gris de descargar una lluvia que nunca llega.

Para Rikarte sus personajes se convierten en antihéroes. Son héroes porque pasan a la acción, pero su lucha está inmersa en un contexto ridículo bajo la lógica de lo absurdo. En ese universo ellos juegan y sueñan para lograr sostenerse, para evitar caer en el vacío.

Pienso luego existo.Las palabras nos dan la ilusión de existir, son generadoras de mundo. Ninguno de estos tres personajes pone en duda lo que el otro dice”, afirmó el autor. El texto intenta construir una existencia natural para sus personajes, más allá de la lógica paralela en la que se encuentran.
Un personaje sin Dios, otro sin trabajo, y el tercero sin pasado, sus carencias vitales son salvaguardadas por su grado de ilusión. Esa ilusión es creada por Rikarte desde la palabra, en el refugio natural para sus personajes y los actores: la verdad escénica.



Gris Mate

Texto: Iñaki Rikarte
Dirección: Charo Amador
Elenco: Iñaki Rikarte, Alberto Huici, Alberto Castrillo-Ferrer.

http://www.katubeltz.com/
http://www.youtube.com/watch?v=RQNPTQkmu8g